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n león ya viejo, un gavilán y una serpiente cascabel acudían cada semana a la cueva donde vivía el abad Hesiquio, muy cerca de un oasis, al norte de Numidia. El ermitaño compartía con sus visitantes el pan y las hierbas |
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de su cena, y los despedía siempre con una amistosa exhortación: Convertios. Los animales movían molestos la cabeza y regresaban a su vida normal.
Un día, el solitario los vio llegar con ánimo contrito y al saludarlos, el león dijo:
- Padre, he resuelto limar mis uñas contra un peñasco. En adelante, ahogaré más bien a las víctimas que me sirven de alimento. - Yo prometo, expresó el gavilán, no seguir volando allá en la altura. Esto produce envidia a muchas aves. La serpiente añadió: - He resuelto guardar mi sonajero. Así los niños y los corderitos no se asustarán con mi presencia. El monje regresó en silencio a su guarida. En verdad, había predicado en el desierto. |
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